Nosotros debemos seguirlos
Por Raúl Iragorri Montoya
“Con piedras de las ruinas hay que forjar otra ciudad, otra Vida “, dice el gigante José Emilio Pacheco en su poema Elegía por el terremoto, y yo me sumerjo en esa idea, para pensar en lo que ha ocurrido, a partir de este 19 de Septiembre.
Hubo una Revolución Social que brotó de los jóvenes Millenials, movilización isofáctica, espontánea, vibrátil sistólica y diastólica, porque bullía de millones de corazones donde la juventud otrora juzgada de anodina, ausente, alejada silente, esa generación de los noventas y del fin de siglo. La que puso de moda los celulares y las tablets, la de los Ipods, la de los pulgares hiper kinésicos, esa lozanía juvenil de varones y mujeres, se movilizó en las redes, y predicó con el ejemplo en las calles, en los escombros, en los rituales, encabezaron la lucha contra la adversidad de sus hermanos.
Los jóvenes de este Milenio no solo nos dieron el ejemplo. Iniciaron la rebelión social y política de una República dominada bajo el control de la partidocracia hegemónica, que derrocha fortunas del erario, y escamotea migajas de pan para millones.
Porque al acudir al rescate de las víctimas, la juventud vigorosa de México cimbró a la nación, conmovió al mundo y estremeció al Presidente de la república, que estaba al borde de un ataque cardiaco.
Y lo mejor y más inesperado a través de las redes tejió la conciencia nacional contra la corrupción, el despilfarro y el lastre que significa para este país la actual pseudo democracia de partidos, que cuesta carísima y nos ofrece gobiernos francamente deplorables, ineficaces, voraces, corruptos e impunes que se roban y conculcan el Producto Nacional Bruto de todos los mexicanos.
A contrapelo de mi carácter recio, hoy me diento abatido, lleno de estupor, mi patria chica se derrumba, mi país sangra y muere por Oaxaca, por Chiapas, por Puebla, por la Ciudad de México y desde luego sangra profusamente por Morelos, en Jojutla y Zacatepec, pero también en otros lares.
Tanto años he sufrido y disfrutado desde esta tierra tan bella, y nunca imagine algo así, hoy percibo demudado que en muchas casas lloran los Dioses Aztecas de Xochicalco. Las imágenes de las vírgenes y los santos aún dentro de las naves de las iglesias y santuarios fueron ineficaces ante la oración de los fieles.
Morelos se derrumba, se desmorona en un estruendo de 50 segundos venido desde ultratumba. El señor de los muertos Mictlantecuchtli, aparece con su manto destructivo. Tláloc con sus huracanes le deja el sitio a la muerte.
Cuánto tenía de cierto el Popol Vuh, la Biblia Maya, testimoniando de la creación de los hombres, los dioses hicieron varios intentos, hasta lograr su perfección, pero en el tercer intento, observan que los humanoides son incapaces de venerarlos, y respetar sus leyes, por lo que deciden castigar su soberbia con un huracán y provocan que sus animales, sus herramientas y las piedras de sus casas se vuelvan contra ellos; parece ser que estamos todavía en esta etapa histórica según este libro sagrado maya.
O quizá podríamos imaginar que, esto que nos ocurre, es una representación dramática en el Teatro de los Maya Quiches, en el Inframundo del que nos hablan en su libro sagrado. Entre los tronidos de la tierra, el estruendo de las casas y la nube de polvo con crujir de cristales, y escándalos, parece que cobra vida lo escrito por los antiguos, y que asistimos con pavor a una viva representación del fin del mundo. Donde los hijos de los Dioses, como Hunahpú se eleva para convertirse en el Sol y es seguido por su hermana Xbalanqué, quien asume el papel de la Luna llena.
Y nosotros las víctimas propiciatorias.
Pero nuestros jóvenes se rebelan a ese destino manifiesto escrito en los cielos y en los infiernos incandescentes de lava.
Los jóvenes mexicanos surgieron el 19 de Septiembre de 2017, de esta coyuntura geofísica para dar un paso al frente y hacer sentir su presencia como la que va a cambiar la vida entre el gobierno y el pueblo de este país. Ahora nosotros debemos seguirlos. Amén, (así sea).








