“Perder nuestra autonomía es perder nuestra libertad”
Por: Dr. Iván Martínez-Duncker
La autonomía universitaria es un proceso histórico en constante evolución y por ello los integrantes de las distintas comunidades universitarias deben enmarcarlo en su misión y visión, pero sobre todo no deben cesar de revalorizarla, de repensarla, incluso de redefinirla en el ideario de los universitarios y de las sociedades que nos contextualizan.
El referente histórico más claro de la autonomía universitaria nos remonta a las Reformas propuestas por el movimiento estudiantil surgido en 1918 en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina y que se rebeló principalmente frente a: a) las cátedras vitalicias, que promovían el autoritarismo de los docentes y desincentivaban la actualización profesional, limitando el acceso de los estudiantes a los profesores mejor preparados; b) la exclusión social, causada por un ingreso universitario restringido a las clases sociales dominantes; c) al dogmatismo religioso-clerical, en detrimento del conocimiento científico y crítico, d) la falta de democracia para decidir sobre la vida política universitaria; e) la imposición de líneas de pensamiento desde el Estado, impidiendo el ejercicio libre y participativo de profesores y estudiantes en la formulación de los programas de estudio y en el debate libre de las ideas («Por la libertad dentro del aula y la democracia fuera de ella», fue una de las principales consignas del movimiento); f) la casi nula vinculación de la universidad para extender la cultura al pueblo y para resolver sus necesidades.
Estas reformas y subsecuentes movimientos sociales permitieron consolidar el concepto de autonomía universitaria que ha conferido a nuestras universidades públicas un marco ideológico, legal y normativo, indispensable para realizar su función pública de educar e investigar con calidad, en beneficio de la sociedad y del bien común. Particularmente en el contexto de nuestra historia latinoamericana, los estudiantes deben asimilar la importancia que tiene y seguirá teniendo la autonomía universitaria para asegurar que, aunque el Estado sea garante de la educación universitaria, este se mantenga al margen de definirla. Quiero puntualizar que esta separación Universidad-Estado no tiene la intención de alentar una conceptualización del Estado o de los gobiernos como enemigos de facto o in perpetuum de la universidad pública, más bien atiende a reconocer que la naturaleza de la actividad política que en ellos prolifera es nociva para la adecuada ejecución de la función pública universitaria. Lo anterior, adquiere una importancia aún más relevante en nuestro país, donde la democracia y la ciudadanía aún se están consolidando, aún somos testigos habituales de regresiones en esta materia y que son impulsadas por el propio Estado.
En el diccionario de la Real Academia Española encontramos las siguientes definiciones pertinentes de autonomía.
1. f. Potestad que dentro de un Estado tienen municipios, provincias, regiones u otras entidades, para regirse mediante normas y órganos de gobierno propios. 2. f. Condición de quien, para ciertas cosas, no depende de nadie.
3. f. Der. Capacidad de los sujetos de derecho para establecer reglas de conducta para sí mismos y en sus relaciones con los demás dentro de los límites que la ley señala.
Para ahondar más en este concepto pongo de ejemplo la autonomía que como personas desarrollamos. Durante la adolescencia, iniciamos nuestra experiencia más intensa y genuina con el concepto y valor de la autonomía. Todo adolescente valora y defiende la creciente autonomía que va logrando de sus padres, algunos al punto de francas rebeliones, ello es indispensable para permitir el desarrollo humano, para explorar y formar nuestras personalidades, a partir de nuestros deseos, pensamientos, convicciones, aciertos y errores. Ya como adultos, nuestra autonomía consolidada es indisociable de nuestra libertad y responsabilidad para decidir sobre nuestras vidas, ella define íntimamente nuestra identidad, así como nuestras relaciones con otros y con el mundo. Perder nuestra autonomía es perder nuestra libertad. Haciendo una analogía y pensando a la universidad como un ente orgánico y colectivo, la pérdida de la autonomía significaría perder la libertad para definirnos como colectivo de universitarios pensantes, responsables de realizar una función pública crucial para el desarrollo de las sociedades del conocimiento, bajo los preceptos filosóficos y científicos más exigentes.
Entonces ¿Cómo afecta a un estudiante perder la autonomía de su universidad?
– El contenido e impartición de los planes de estudio sería definido y supervisado por el gobierno, con criterios políticos/académicos determinados sin su participación o la de sus profesores. No habría libertad para enseñar/aprender lo que no se ordena o permite, se limitaría al estudiante al aprendizaje de una realidad parcial, con un consecuente desarrollo humano y profesional deficientes.
– Sus profesores serían asignados por razones distintas a la de sus méritos académicos (relaciones personales, políticas o ideológicas con el gobierno), demeritando el acceso de los estudiantes a la mejor educación posible.
– Las simpatías por el gobierno/partido en el poder serían promovidas por las autoridades universitarias para fines político-electorales, recompensando o castigando académicamente a los estudiantes y profesores en base a su adherencia o disentimiento.
– Sin representación estudiantil para decidir sobre el quehacer universitario, la posibilidad de obtener y/o defender las conquistas que mejoran las condiciones de los estudiantes, por ejemplo, la gratuidad, sería prácticamente nula.
Espero que los estudiantes que gozan de la autonomía universitaria, no todos tienen esa suerte, tengan con esta lectura una noción más útil y revalorizada sobre la autonomía universitaria. La autonomía es una gran responsabilidad para todos los trabajadores y estudiantes universitarios, por lo que requiere ser ejercitada de cara a la sociedad y a su legado histórico. Defender la autonomía universitaria es asegurar un futuro más próspero y más justo para todos.








